¿Todo lo gratuito es gratis de verdad?

Existe una palabra mágica capaz de nublar la mente de muchas personas. La vemos prácticamente a diario en multitud de espacios, pero su efecto embriagador no parece perder fuerza. Hablamos de la palabra ‘gratis’, un vocablo que a poca gente parece resultarle indiferente. Pero, ¿nos hemos parado a pensar por qué ciertas cosas se ofrecen como gratuitas? ¿Qué se obtiene a cambio para que resulten rentables?

El precio de lo gratuito

En el mercado, como en la vida, nadie ofrece duros a cuatro pesetas. Lo dice el refrán y lo dice por algo. Ello nos lleva a pensar que lo que nos venden como gratuito tiene, en realidad, un coste que no apreciamos a simple vista pero que está ahí. ¿De qué se trata, entonces?

Vivimos en un mundo dominado por la información y por las nuevas tecnologías. En esta coyuntura, la moneda de cambio más valiosa ya no es tanto el dinero físico, el de toda la vida, como los datos de los consumidores. Conocer al consumidor significa saber qué es lo que quiere, cómo lo quiere y en qué momento y, por lo tanto, saber cómo debemos presentárselo para que nos lo compre a nosotros y no a la competencia.

Plataformas tan populares como Facebook, Twitter o Google, sin ir más lejos, son gratuitas para el usuario pero ingresan millones de dólares en publicidad cada año. ¿Por qué son tan populares? Muy sencillo: porque son capaces de ofrecer al anunciante el soporte perfecto para que su publicidad llegue a su público objetivo.

El precio de lo gratuitoFacebook, por ejemplo, muestra sus anuncios a unas personas u otras en función de su lugar de residencia, su edad, sus intereses y otros criterios, de una forma muy precisa. Esta capacidad para llegar al público adecuado lo convierte en todo un referente y nos recuerda que, en casos como éste, somos nosotros la mercancía. Podemos utilizar la red social de forma gratuita para mantener el contacto con nuestros amigos y familiares, conocer gente nueva, compartir nuestras fotos, crear eventos… pero, a cambio, cedemos una información personal que será vendida a terceros con el objetivo de presentarnos anuncios publicitarios.

Los anuncios de Facebook se muestran junto con las historias de familiares y amigos y otros temas importantes para nosotros, lo cual nos hace mostrarnos mucho más receptivos ante este tipo de publicidad. Los anuncios de Facebook se dirigen a un público bien definido y permiten tomar decisiones que se adapten a este, además de medir los resultados de cada anuncio.

Por su parte, las cookies de Google recuerdan tus preferencias de búsqueda, aumentan la relevancia de los anuncios que ves, cuentan el número de visitas que realizas a una determinada página, conocen cuál es tu idioma preferido, etc.

Seguro que alguna vez te has sorprendido cuando, navegando por internet, te ha aparecido un anuncio de un producto que acabas de buscar, o por el que te has interesado días antes. Google recuerda tu búsqueda y te impacta con el anuncio de una de las empresas que han contratado la publicidad con ellos porque sabe, por lo que tecleaste en su buscador, que te puede interesar. Con la información que tiene de ti, sabe que eres un cliente potencial y que tienes más posibilidades de adquirir ese producto que alguien que no se ha molestado en buscarlo.

Productos gratis, como reclamo

No obstante, no todo lo gratuito se entrega a cambio de información. A veces se ofrecen ciertos productos a coste cero con la intención de generar una necesidad en el consumidor, o para ganar terreno ante la competencia.

Quizás no te apetezca sacar la cartera para probar un helado de esa franquicia que acaba de abrir una tienda en tu ciudad. Sin embargo, si te ofrece un helado gratis, lo más probable es que no lo rechaces. Tomarás tu helado sin gastar un euro, sí, pero quizás la próxima vez que pases de paseo por delante de la tienda, recuerdes su sabor y te apetezca tomar otro. El producto a coste cero del primer día habrá creado en ti un hábito del consumo favorable a la marca.

Por otra parte, las empresas también juegan con el concepto de lo gratuito a la hora de imponerse sobre su competencia. Lo comprobamos cuando nos encontramos con productos que se venden acompañados de otros, sobre los que aparece la famosa pegatina en la que aparece escrita la palabra ‘gratis’. Pongamos como ejemplo que queremos comprar unos cereales y dudamos entre dos marcas determinadas. Tienen precios relativamente similares pero una de las marcas regala una mochila con la compra de uno de sus paquetes. Si te gusta la mochila te verás tentado a comprar los cereales de la marca que la ofrece como regalo, independientemente de que ese producto te pueda gustar más o menos que el de la competencia. Y, llegados a este punto, retomamos lo explicado en el párrafo anterior, ya que es posible que te gusten esos cereales y que, desde ese momento, decidas comprar siempre esa marca.

La próxima vez que te encuentres de frente con la palabra ‘gratis’, párate a pensar qué es lo que busca de ti, a cambio, y mira a ver si verdaderamente te interesa.

La importancia de la transparencia

Si bien nos dejamos tentar por lo gratuito y por los obsequios a la hora de comprar ciertos artículos, debemos ser muy cuidadosos cuando adquiramos otros, en los que la transparencia juega un papel fundamental. Nos referimos, de manera especial, a productos financieros como préstamos o créditos rápidos, cuyos detalles debemos conocer de antemano para no llevarnos sustos.

En este aspecto, los créditos rápidos de Zaimo son muy claros con el cliente: no tienen honorarios ocultos y son totalmente objetivos a la hora de establecer una financiación. Se suelen solicitar para resolver problemas urgentes de liquides y se tramitan por completo a través de internet y sin papeleo.

Si necesitas solicitar uno de estos préstamos, debes saber que puedes contar con hasta 3.000 euros, que se ingresarán en tu cuenta en tan solo unos minutos, y que tienes hasta 24 meses para devolverlos.